14 Sept 2020

El vaso está que rebosa veneno

Cuán triste es, saber que tus células te piden teclear todo aquello que sientes, cual musical y melodiosa composición, y no hacerlo por temor a ser leído. 


Tú, que quieres ser escritora. 

Tú, que quieres vivir de tus palabras. 

Tú, que crees que tienes tanto que decir. 


Tú, la escritora que prefiere no ser leída. 


Sí, te gusta escribir narrativa. 

Sí, disfrutas creando mundos paralelos. 

Sí, gozas construyendo personajes. 


Pero lo que el cuerpo te pide, lo que haces por necesidad, es escribir aquello que piensas en tu más profundo ser. 

Aquello que es moralmente perturbador. 

Aquello que parece 

Lo que te avergüenza. 

Lo que te reconcome por dentro. 

Lo que pregonas.

Lo opuesto a lo que debe ser la inspiración. 

Lo que hace pedazos todo lo que aspiras a ser como persona. 


Palabras que saben a vómito, que huelen a mierda, que destrozan el alma. 

Palabras, humanas, erróneas, quizás momentáneas, nunca etéreas. 

Palabras que necesitas plasmar. Palabras que necesitan formarse. Palabras que suenan cual melodía pegadiza, a la vez que pegajosa. 

Palabras que quizás, ante todo, sean NATURALES. 


Definitivamente: NO HAY NADA PEOR QUE LA AUTOCENSURA. 

¿Quién podría imaginar que en la fluidez de palabras amargas cargadas de odio, podría esconderse jamás la tranquilidad del propio ser?


Quizás alguien lo sabí, pero yo, que soy idiota, no me he dado cuenta hasta hoy.