17 Sept 2020

Saltos de fe

Todo empezó compartiendo una fría cerveza con la que celebrabas tu primer salto. Eras un niño ilusionado tras haber dado su primer salto. No solamente saltaste de un avión. También saltaste tras aquella chica de pelo rizado, cuyo tatuaje en forma de intrincado león llamó tu atención, ofreciéndole una de tus cervezas. 


Saltaste a una conversación que hubieras querido que durara horas, pero fueron minutos. 


Saltaste del coche la siguiente noche que os encontrasteis por casualidad, con la excusa de que te marchabas a Reino Unido durante un largo mes. No querías un minuto en caída libre. Esperaste, pese a que tu cuerpo te pedía lo contrario, con la esperanza de que al volver esa caída libre durara siglos.


En ese aeropuerto, a punto de viajar a demasiados km de distancia, no pudiste evitar escribirle. 


Y un mes después, entre una marea de gente que esperaba impaciente que el espectáculo frente a la iglesia empezara, tu corazón se aceleró. Tu estómago dio un vuelco cuando tus amigos quisieron que ese rato con ella acabara demasiado pronto. El viaje de vuelta en coche estaba siendo un tanto incómodo. Pero, de nuevo, saltaste.